análisis

Un texto de Casimiro Torreiro extraído del libro "Realidad y creación en el cine de no-ficción: el documental catalán contemporáneo, 1995-2010" editado por Càtedra (2010)

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El documental catalán contemporáneo El documental centrado en la actuación de músicos, cantantes populares, orquestas sinfónicas o bandas de jazz no es ciertamente un producto reciente en la historia del cine de no-ficción (de hecho, algunas de las primeras filmaciones cinematográficas exhibidas con sonido, las célebres phonoescènes francesas producidas por la casa Gaumont ya desde finales del siglo XIX, son cronológicamente uno de los antecedentes, por un lado, de todo el posterior cine musical, y por otro, constituyen nada menos que la prehistoria del videoclip). No obstante, hay que esperar hasta la década de 1960, con las grandes manifestaciones de jolgorio colectivo propulsadas por los macroconciertos de rock, hasta ver emerger el largometraje que deja constancia de una actuación determinada, que captura una manifestación a menudo irrepetible; que se convierte en testimonio para fans, claro está, y en primera instancia; pero también, y con frecuencia (Woodstock es el mejor ejemplo, sin duda), de un fenómeno que excede, y con mucho, lo musical.

Pero ya entonces, algún director intuyó que la vida de los músicos on the road, con ocasión de sus giras, era tal vez el momento más propicio para un acercamiento no tanto a los aspectos más, digamos, técnicos de su trabajo (y por ende, a su propia música), sino también al backstage, a las bambalinas del propio oficio. Donald A. Pennebaker lo hizo, por ejemplo, en 1967, con "Don’t Look Back", su extraordinario documental sobre Bob Dylan; y el resultado fue un retrato del gran cantautor americano en el momento del estelar despegue de su música por todo el mundo: el primer gran retrato de ídolo popular haciendo su trabajo, sí, pero también un retrato íntimo… hasta donde eso es posible en un ser tan hermético como es Dylan.

La referencia a Pennebaker no es casual, toda vez que Manuel Huerga reconoce que tenía justamente esa película en su cabeza desde que recibió el encargo de abordar el universo creativo del cantautor uruguayo. Tal vez por eso eligió, como el director americano, un contrastado blanco y negro para dar cuenta del deambular de Jorge Drexler por la periferia barcelonesa en un frío invierno (la única excepción, cuando el cantante aborda la ejecución de su tema "Fusión", está rodada no obstante en un tono entre cobrizo, naranja y amarillo, y con una fotografía completamente saturada; además, casi todo el tiempo el cantante es tomado en contraluz). Pero no interesan tanto los detalles, digamos, técnicos del acercamiento de Huerga a Drexler, sino las intenciones de ese acercamiento; y sobre todo, los resultados.

Que Huerga era la persona indicada para dar cuenta del mundo intimista del uruguayo parece fuera de duda: toda su carrera, de alguna manera, ha basculado entre la música y el audiovisual en todas sus formas (cortometrajes y vídeos de vanguardia, programas de televisión, cine más o menos mainstream, documental de creación…). Nacido en Barcelona en 1957, autodidacta y formado en los ambientes más vanguardistas de la ciudad condal, Huerga comenzó a rodar en forma prácticamente artesanal, hacia 1975, y tras una estancia en el equipo de la Fundació Miró (en el seno de la cual realizó varios trabajos en vídeo), pasó a hacerse cargo de algunos de los programas más rupturistas y experimentales de la recién creada Televisió de Catalunya. Espacios como "Estoc de pop" (1983-1985), "Arsenal" (1985-87) y "Arsenal-Atlas" (1987), en los que el cine menos comercial se daba la mano con los grupos y cantantes más alejados de los estándares del mercado, marcaron seguramente las cimas creadoras y también los (no) límites a la libertad de innovación más importantes jamás alcanzados por la televisión pública en Cataluña, en cualquiera de sus cadenas.

Tras un inclasificable falso documental tan apasionante como es "Gaudí" (1988) y de un mediometraje sobre don Luis Buñuel y su mundo (1989), Huerga enfiló nuevamente la senda de las relaciones cine-música con un brillante ejercicio de collage sobre el torturado mundo del extraordinario pianista canadiense Glenn Gould en "Les variacions Gould" (1992), y dos años después se responsabilizaría también de dos mediometrajes sobre el flamenco, "Toque, cante y baile". Credenciales, pues, eran justamente las que no le faltaban a nuestro hombre para encararse con Drexler y su peculiar mundo de sentimientos y sonidos.

Todo se transforma

Ya desde los primeros planos de "Un instante preciso", Huerga coloca claramente las cartas encima de la mesa: vamos a ver a un cantante en acción, de eso no cabe ninguna duda, pero también veremos otros aspectos, tal vez menos conocidos, pero sin duda mucho más apasionantes relacionados con el intérprete. En los primeros momentos, una sucesión de imágenes aparentemente inconexas se alterna con una prodigiosa banda sonora (en la que sonidos de toda procedencia son tan importantes como la propia música). La idea de desplazamiento, la idea de movimiento (la gira misma) la dará, desde el comienzo, la cámara en rapidísimos travellings rodados desde la ventanilla de un vehículo, a una velocidad que en ocasiones hace virtualmente irreconocible todo lo que capta; un mundo abstracto que sintoniza extraña pero perfectamente bien con la pureza de los sonidos del uruguayo.

Y muy pronto comprenderemos que, más que ver a Drexler en acción frente al público (que también), al menos en la primera mitad del documental, le veremos en otros menesteres; y que al azar y la casualidad, la captura de los sonidos que constituyen, y perdón por una cita tan obvia, el mapa de los sonidos de Barcelona son algo tan importante en los conciertos del cantautor como la preparación misma de las canciones con que sorprenderá al público. Así, Huerga es el puntual notario del entusiasmo que pone Drexler a la hora de integrar el ruido del motor de un avión que pasaba justo por encima de sus cabezas mientras llegaban al Prat de Llobregat, la población donde se ubica el aeropuerto barcelonés; o la constancia desarrollada por el músico para integrar en el concierto en la misma localidad a la Banda de Música del Prat, que su móvil ha captado, en funciones de grabadora, mientras se desplazaban ambos, cantante y banda (ésta tocando, claro está) por las calles de la ciudad. O, en fin, y un poco después, cómo busca afanosamente determinados sonidos de timbre de bicicletas para ampliar la riqueza rítmica de una de sus canciones; y mientras anda en tal búsqueda, tropieza con una pareja de músicos callejeros que tocan canciones brasileñas y que serán invitados a improvisar con el propio Drexler… e integrados en su espectáculo.

Esa postura ante la creación, a medio caballo entre la preparación minuciosa y el azar, y ante la ceremonia misma del concierto; esta porosidad, este estar al tanto de todo lo que sonoramente le rodea, hace del último Drexler uno de los cantantes más originales, menos convencionales y más imprevisibles de cuantos componen la escena cantautoral (si así se puede llamar) española contemporánea. Médico de profesión, antes de dedicarse profesionalmente a la composición y al canto (la constancia del científico sigue presente, por lo que se ve, en su cometido musical), el uruguayo ha ido avanzando en la búsqueda de los sonidos tan peculiares con que compone sus canciones, desde sus raíces culturales más cercanas (la milonga, la música de murgas, la bossa nova), hasta un abanico mucho más amplio que incluye ritmos caribeños o sonidos de creación electrónica. Pero también una ancha panoplia de recursos que bien pueden incluir el sonido de las ruedas de una bicicleta, un timbre… lo que sea.

Todo esto lo capta Huerga con su cámara. En ocasiones, como en la primorosa secuencia que (casi) clausura la función, esa en la que Drexler atiende solícito a unos fans tan educados y fuera de norma como la propia música del cantante, el director actúa incluso como entrevistador, induciendo las respuestas de un jovencísimo fan (17 años) a quien aún le dura la profunda emoción con la que ha vivido su primer encuentro personal con Drexler. Y el resultado es un retrato cuidadoso, que huye por igual de la facilidad de tantos y tantos documentales sobre músicos (aquí no hay entrevista alguna, Drexler habla cuando y de lo que quiere –no parece haber reconstrucción alguna, y sí mucha captación de momentos irrepetibles–, lo que da al conjunto un aire de espontaneidad y de notable veracidad).

Que da cuenta de la honda sencillez de un creador en las antípodas del endiosamiento del ídolo pop de masas; que muestra su flexibilidad y la amplitud de su concepción de lo musical cuando se apropia amigablemente de la música que le gusta, bien sea de Els Gossos, bien de Marlango, el grupo de su mujer, la cantante y actriz Leonor Watling, que también aparece por ahí, pero sin que su presencia sea nunca subrayada. De la comunión entre un público amable y un cantautor respetuoso y atento a las reacciones de su auditorio, y al mismo tiempo, irreductiblemente creador y comunicativo. Con "Un instante preciso", Huerga obtiene algo que es difícil de conseguir cuando la imagen está al servicio de la música (que es el caso): al tiempo, la constancia de su ejecución, pero también la búsqueda de un lenguaje visual y auditivo propio, tan paralela, por lo demás, con la del propio sujeto que protagoniza el evento; del hallazgo de un lenguaje no convencional que sepa ser, a un tiempo, testimonio y personalísimo discurso.



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