sobre el proyecto

por Manuel Huerga | marzo 2005

Conocí a Miguel Bosé con motivo del "Martyre De Saint Sebastien", el oratorio de Claude Debussy que realicé con La Fura dels Baus en 1996.

En el verano de 2004, cuando estábamos haciendo el homenaje "Neruda en el corazón", Miguel me explicó la idea de su nuevo disco "Velvetina" para el que quería producir un vídeo por cada canción. Le dije que contara conmigo y aquí está el resultado. Trabajar con él ha sido la cosa más sencilla del mundo. Lo hicimos todo en un solo día, un domingo, en un ambiente familiar. A pesar de su absoluta entrega y profesionalidad, la verdad es que no hace falta dirigirlo (Miguel Bosé sólo puede hacer de Miguel Bosé, y así debe ser), se las sabe todas y su sola presencia delante de la cámara, en tanto que es un icono popular en sí mismo, hace el resto.

La idea de este trabajo es muy sencilla: en mi casa tengo una sala de proyección de cine. Pensé que el tema de la canción requería «envolver» a Miguel en un mundo onírico, de recuerdos visualizados en forma de imágenes pictóricas y abstractas. Al principio incluso pensé en hacerlas todas en verde, utilizando un efecto infrarrojo, pero finalmente triunfó más la vistosidad de los colores. De modo que le utilicé como pantalla y proyecté encima suyo un torrente de películas pintadas a mano, llenas de trazos de colores, ralladuras, texturas y cosas así. Hay videoclips que explican historias, pero éste no es el caso. Creo que éste debía ser muy visual e impresionista. Como la canción.

Lógicamente, la canción es, y debe ser, la principal fuente de inspiración. Lo que sugiere en el primer momento de escucharla es lo más importante porque ése debe ser también el primer impacto sobre el espectador que mira el vídeo. Como ya he dicho, este bolero no cuenta ninguna historia, es un pensamiento, o un conjunto de pensamientos, recuerdos e impresiones sin forma precisa, en clave poética. La letra parece estar dirigida a una persona, pero esa persona puede ser el espectador, el que escucha la canción. De manera que cantando y mirando hacia la cámara se establece y cierra un círculo de intimidad entre el artista y su receptor, con no pocos guiños de complicidad y transgresión «canallesca».

Siempre he tenido a Miguel Bosé como un artista muy completo y «moderno» en el mejor sentido de la palabra. En todo momento ha sabido gestionar muy bien su enorme popularidad evitando erosionar sus inquietudes y su alto nivel de exigencia. Elige de forma exquisita todos sus pasos y eso le otorga respeto y prestigio entre públicos muy dispares. Gracias a su buen olfato y permanente contacto con las nuevas tendencias, Miguel se renueva continuamente, asegurándose una permanente vigencia.



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