sobre el proyecto

por Manuel Huerga | noviembre 1992

En los últimos años, el interés por la figura de Glenn Gould no ha hecho más que aumentar. Lo demuestra el insistente goteo con el que se reedita, nota por nota, la inmensa, versátil y obsesiva producción discográfica de esta singular figura de la música, dotada al mismo tiempo de un indiscutible y prodigioso talento y de una oscura y extravagante personalidad; su perfil es suficientemente contemporáneo para arrastrar legiones de seguidores. En primer lugar porque ya está esta muerto: el mito y la leyenda servidos en su punto en este fin de siglo necrófilo, que prefiere mirar hacia atrás que adelante.

Existe en Gould un cierto desprecio hacia la audiencia y eso es lo que le gusta precisamente a la audiencia, hoy por hoy furiosa a la vista de tanta demagogia aduladora. Gould no dice «cómprame» sino «escúchame». Como buen iconoclasta fomenta simpatía y complicidad entre los advenedizos, a quienes resulta más cómodo entrar en el mundo de la música «seria» de la mano de alguien que creía, por ejemplo, que Mozart tenía que haber muerto incluso antes.

Su resplandor glaciar, asexuado y cerebral, resulta perfecto en ésta época de castidad forzosa por el sida, en la que es más higiénico refugiarse en el alma, o en la música, que en el cuerpo. No se conoce mujer ni hombre alguno en la vida de Glenn Gould, ni tan siquiera se desprende nada de ellos en sus escritos o entrevistas.

En nombre de su única religión, el piano, se permitió cultivar una personalidad individualista y solitaria, distante de un mundo con el que nunca se relacionó mundanamente.

Era moderno porque creía absolutamente en la tecnología puesta al servicio de la creación: la radio, la televisión y los estudios de grabación no tenían secretos para él. Los dominaba y utilizaba con una precisión maniática y enfermiza, como un complemento imprescindible para hacernos llegar su particular concepción de la música con perfección absoluta.

Al mismo tiempo, y a pesar de todo lo dicho, la intención de este documental no es denunciar la impostura, pero sí evidenciar algunos aspectos que podrían ayudar a explicar la irresistible actualidad de Gould.

"Les Variacions Gould" no pretende entrar en el análisis del comportamiento social, ni tampoco se propone ofrecer una biografía exhaustiva del genial intérprete sino intentar satisfacer, sin disimulada vocación experimental, la «demanda Gould» mediante el desarrollo de una serie de temas cuyo denominador común será, evidentemente, el personaje y su estilo de una forma caleidoscópica y cambiante, fragmentada en diferentes capítulos que a partir de ahora llamaremos variaciones.

El objetivo de explicar a Glenn Gould no se cumpliría del todo si no se intenta al mismo tiempo adoptar una «actitud Gould» en la visualización de la música y de las imágenes de una manera creativa, entre lo didáctico y lo sublime, que permita al espectador disfrutar de esta atracción cultural a través del medio televisivo. En palabras de Michael Schneider, autor de "Glenn Gould Piano Solo": «Gould concebía la belleza como cortar y pegar, estética quirúrgica, y la tecnología como una herramienta que no servía para reproducir la información sino para falsearla en el sentido del arte. (...) Para él todo era interpretación. La única excusa, diría Gould, que existe para grabar una obra es hacerla diferente».

El tratamiento visual de "Les Variacions Gould" explora todas las «diferencias» posibles, apelando incluso a la última palabra en tecnología. Del mismo modo que el personaje de la novela de Boris Vian "L’Écume Des Jours", que buscaba el color de la música, éste programa quiere ser testigo de esta actitud, no limitándose únicamente a informar sino también a buscar el norte de su propio lenguaje.

Este documental es una visión calidoscópica de los diferentes aspectos de la personalidad, la vida y la obra de Glenn Gould. Incluye episodios biográficos y sus interpretaciones más memorables. Su pasión por Bach y Strauss, sus disputas con Leonard Bernstein y su fascinación por Petula Clark. Otro pianista, Zoltan Kocsis, entrevistado extensamente para la película, explica cómo se sintió influenciado por Gould. El film acaba con las imágenes de la sonda espacial Voyager transportando la música de Gould, atravesando el espacio en busca de sistemas de vida inteligentes.

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