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Sobre el proyecto

por Manuel Huerga | marzo 2005

Cierto día de primavera de 1996, apareció por mi casa un hombre llamado Valentín Proczynski proponiéndome la puesta en escena de "Le Martyre de Saint Sébastien", de Debussy y D’Annunzio. Todavía hoy pienso que es uno de los trabajos más hermosos y fascinantes que me hayan propuesto nunca. Mi agenda, sin embargo, me iba a impedir una dedicación exclusiva hasta el estreno, puesto que yo estaba ya preparando lo que un año más tarde sería BTV. Con el fin de no desvincularme del todo del proyecto, propuse a La Fura Dels Baus, concretamente a Alex Ollé y Carles Padrisa, para la puesta en escena y de este modo poder participar con ellos en el desarrollo creativo de la misma, reservándome para mí la realización de los vídeos, que llevé a cabo junto con Franc Aleu. En dicho desarrollo se fueron incorporando otras aportaciones como las de Alfredo Taján, que fue de una gran ayuda para decodificar el texto al principio, un tanto oscuro y simbolista, de D’Annunzio. Pero a medida que avanzaba el tiempo, Alex y Carles se fueron concentrando más en la compleja puesta en escena y Franc y yo en la producción de las imágenes.

Si bien la presencia de Miguel Bosé como narrador era una idea fija de Proczynski desde el primer momento, convencido de que su popularidad ayudaría notablemente a la producción, hay que decir que el resultado final es legítimamente «furero» y que estoy muy satisfecho del trabajo realizado con Aleu (me gusta especialmente el vídeo de la ascensión de Sebastián, justo al inicio del oratorio).

Quizás uno de los aspectos más llamativos de esta puesta en escena sea el deliberado alejamiento de este Sebastián de su connotación homoerótica. Es bien sabido que este santo es uno de los iconos gays por excelencia. En aquel momento yo tenía muy presente algunos referentes más o me menos recientes, como el "Sebastianne" de Derek Jarman, la versión de Pierre et Gilles o aquel inquietante autorretrato de Yukio Mishima emulando al mártir. Pero en realidad resultaba imposible escapar del abundante legado que la historia de la pintura nos ha dejado sobre este personaje. Desde este punto de vista, la producción ofrecía enormes posibilidades visuales. Incluso antes de pensar en La Fura Dels Baus por un momento vi la posibilidad de recurrir al mismísimo Lindsay Kemp. Pero Proczynski se apresuró a aclarar que esa dimensión de Sebastián debía quedar explícitamente excluida en su encargo. Curiosamente, nuestro joven héroe actuaba prácticamente desnudo a lo largo de toda la obra, puesto que proponíamos hacer con él una disección, una autopsia del santo en busca de su alma. No deja de resultar chocante el modo en que Alex y Carles consiguieron finalmente una obra claramente asexuada, desprovista de la sensualidad que, sin necesidad de ser explícitamente erótica, desde mi punto de vista no es contradictoria con la pasión mística de nuestro personaje.

Notas extraídas de Lafura.com

A. TODOS SOMOS MÁRTIRES

Sebastián es un hombre normal que siente el dolor. El dolor es normal. El dolor nos hace mártires. La normalidad nos hace mártires. En un día normal la dignidad puede rozarse con el deber. Eso puede ser el dolor. Es normal que eso suceda, como es normal que eso no suceda nunca jamás a lo largo de una vida.

En esta adaptación el destino del mártir Sebastián no está guiado por la Eternidad, sino por su desasosiego. Sebastián no es la expresión de una lógica divina y certera, sino humana, es decir, frágil, es decir, equívoca. Por medio de una ecuación de conceptos hemos traducido la fe que impregnaba al personaje en el texto original de D’Annunzio -sea lo que sea la fe, posiblemente es inquebrantable-, por la idea de voluntad -sea lo que sea la voluntad, posiblemente quebranta-. Nos ha salido un Sebastián que ejerce su voluntad, aunque no sepa formularla, que puede estar equivocado en todo, menos en el dolor que siente y en su desesperación ante el sinsentido de una vida normal. La única vida que conocemos, por otra parte.

Un huracán provoca 100 muertes en EE.UU, mientras que en Bangladesh las víctimas pueden llegar a 300.000. Hay personas a las que les sorprende un ataque cardíaco en su puesto de trabajo y, aún así, quieren seguir trabajando. En los autobuses públicos los hombres y las mujeres piensan en su vida, se entristecen y, luego, pasan a pensar en otra cosa. Hay gente que no puede pagar el recibo telefónico. Algunos son policías, otros delincuentes, otros delegados comerciales. Los enamorados salen del cine y alguien les pide limosna. Todo es normal. La normalidad nos hace mártires. Todos somos mártires.

B. PERSONAJES

Sebastián: Alto oficial romano, cumple implacablemente con su deber hasta que una llamarada de dignidad se interpone en su destino. Una auténtica explosión interior le transforma completamente y hace brotar en su ser más profundo una ética difusa y rudimentaria, pero capaz de discernir certeramente entre el bien y el mal. La capacidad para orientar su voluntad diferencia, y margina, al Mártir frente al resto de personajes. Sebastián ejerce su voluntad, y eso hace que su cuerpo y su voluntad recién nacida choquen dolorosamente contra las aristas de la realidad, es decir, de la normalidad. Sebastián, una voluntad que explosiona de una manera desordenada, bella y espontánea, avanzará por el sendero estrecho -y cada vez más estrecho- de la normalidad, hasta estrellarse contra el poder, una cosa tan normal que está en todas partes. Nuestro Sebastián, no es un intelectual -si bien es capaz de formular sus rechazos, es incapaz de formular su proyecto-, Sebastián no es un hombre de fe -ningún Dios ni ninguna Iglesia premiarán sus acciones-, Sebastián no es un hombre contemplativo -su fe no es otra cosa que su voluntad-. Sebastián es, simplemente, un hombre normal que añora otra normalidad. Una normalidad más amplia, una normalidad que admita la posibilidad del radicalismo. Una cotidianidad que admita la posibilidad de que los individuos ejerzan su voluntad.

Narrador: Si Sebastián piensa a través de su cuerpo y sus decisiones no son otra cosa que dolor que nace de su cuerpo, es lógico que sea un médico quién explique y presente a Sebastián. En nuestra adaptación del texto de D’Annunzio este es el principal arranque diferenciador. El Narrador es aquí el punto de partida de nuestros textos. Se trata de un hombre cuya profesión le permite adentrarse en los conceptos de normalidad, anormalidad y dolor, con los que está muy familiarizado. Nuestro Médico, tal vez y en otra época, sufrió el mismo trance que Sebastián, si bien lo solucionó en otra dirección. Nuestro médico es capaz de comprender todos los cuerpos, pero especialmente el de Sebastián y el dolor que no cesan de desprender sus vísceras. Por ello el Narrador en ocasiones tomará la palabra de Sebastián y comunicará al público qué pasa por su cabeza en cada instante. Y lo hará utilizando textos que, en la versión de D’Annunzio, originariamente escrita en francés, estaban destinados a ser pronunciados por el propio Mártir. Se trata de versos de cáliz religioso, breves, de una belleza perpleja y contundente. Si en nuestra adaptación hemos intentado en todo momento formular la fe como pura voluntad, con la inclusión de los textos de D’Anunnzio hemos pretendido presentar la religión como un debate del hombre consigo mismo y con sus anhelos.

Diocleciano: Emperador Augusto, ha reestructurado el Imperio en la forma Tetrárquica, una primaria división del Estado en cuatro poderes evidentes. El poder es divisible, el poder es extensible, el poder puede multiplicarse en varios poderes. El poder, en fin, es clónico. El poder, y la lógica aplastante que imprime a la normalidad diaria, se hace patente en todas partes. Tal vez, incluso, en todas las habitaciones. Ahí reside su fuerza y su autoridad sobrehumanas. Diocleciano, un hombre normal, únicamente diferenciado del resto de los hombres en que es sabedor y guardián de ese secreto llamado poder, ofrece a Sebastián la posibilidad de compartirlo. Diocleciano ofrece a Sebastián un puesto privilegiado dentro de la normalidad. Posiblemente eso significaría la felicidad de Sebastián y el cese de su dolor, si fuera ello lo que la voluntad de Sebastián deseara con todas sus fuerzas.

Bailarines: Los bailarines son los soldados de Sebastián. Son jóvenes, hermosos, repletos de energía. Como la energía son un desorden brillante e incesante. Posiblemente son como Sebastián, pero antes de que la voluntad de Sebastián explotara y se formara. La voluntad de estos jóvenes arqueros fluye en otra dirección, contraria a la que ha elegido la voluntad del Mártir. No cuestionan la normalidad que viven. Aplazan la formación de su voluntad. Y la aplazan con una alegría desbordante. Sedientos de potencia, beben la normalidad a grandes tragos desgarbados. Como la juventud, son energía que fluye arrolladora. La juventud es, en fin, un espectáculo hermoso por sí mismo.

Coro: Visten como inquisidores. Tal vez sean inquisidores. Tal vez sean simplemente la masa, que observa los acontecimientos. Tal vez la masa siempre es inquisidora. La masa, en todo caso, es otra región asfixiante de la normalidad.

Solistas: Los solistas son sombras y voces de personajes, que se adelantan unos pasos y toman la palabra por ellos. Son símbolos. Son luz y sonido.

C. ESTRUCTURA

1. Introducción: Paraíso. En nuestra adaptación hemos reubicado al inicio de la obra esta Morada, originariamente la última, para ganar simetría y ofrecer un guiño al espectador. Posiblemente ese guiño consista en aplazar definitivamente el happy end que ofrecía el libreto inicial.

2. Morada 1: Danza estática. En un día normal para los mártires y para los soldados que los martirizan, un militar, Sebastián, descubre una sensación nueva, que no sabe explicar pero que cambiará su vida. Es su voluntad, que empieza a explotar.

3. Morada 2: La habitación mágica. El proceso interior de Sebastián está fatalmente abierto. Sebastián viaja a su interior. Su interior es una explosión.

4. Morada 3: El poder fragmentado. Sebastián y Diocleciano coinciden frente a frente. Antes del nacimiento de su voluntad arrolladora, ese era el único poder que reconocía Sebastián.

5. Morada 4: El asentamiento. La voluntad de Sebastián conduce al Mártir a su trance final.

6. Epílogo. Sebastián es una Cascada de Sangre.



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