sobre el film

por Manuel Huerga | 16 febrero 2005

Paco Poch es uno de los productores más insólitos del triste panorama del cine catalán. Su decidida apuesta por llevar adelante proyectos arriesgados le llevó a arruinarse varias veces. Pero a él le debemos, entre otros, el fascinante documental "Innisfree" de José Luis Guerín.

En 1987, en un momento en que yo dormía en los laureles de un cierto prestigio como realizador de moda y joven promesa del cine (!), tuvo la osadía de encargarme un biopic sobre la figura de Antoni Gaudí para la televisión. Es decir, una película biográfica sobre un personaje tan universal y admirado, como anodino e imposible desde el punto de vista dramático. La vida de Gaudí no tiene ningún interés y, a pesar de ello, los catalanes nos hemos obstinado en explicarla una y otra vez. No deja de tener su gracia que a mí me hayan propuesto tres veces enfrentarme a él, ¡y haya aceptado dos! Ésta fue la primera.

Lo primero que hice fue desmontar la ficticia dimensión dramática que tenía el proyecto y, juntamente con la excelente guionista Dolors Payás, nos pusimos a trabajar en un enfoque documental que permitiera explicar la vida del arquitecto, así como su obra y el fascinante período histórico que le rodeó.

Al poco tiempo de empezar a husmear en los archivos documentales nos encontramos con una descorazonadora realidad: Gaudí no existía. Ni rastro. Ni una sola imagen de él paseando, ni de sus obras en construcción. Sólo un puñado de fotografías daban fe de cómo era este hombre. Una de las infinitas consecuencias y desastres de la Guerra Civil Española fue la destrucción del 90% de nuestra memoria cinematográfica. Prácticamente toda nuestra prehistoria visual, los pioneros, el cine mudo, ficción y documental, presa de las llamas de la barbarie fascista. Porque Gaudí había existido en soporte fílmico. La prueba la encontramos en una reveladora fotografía del día de su multitudinario entierro. Ampliando debidamente una de esas imágenes, como en el "Blow-up" de Antonioni, se podía percibir a un camarógrafo. La cosa no terminó ahí. El camarógrafo en cuestión todavía vivía: se llamaba Albert Gasset i Nicolau, y le localizamos gracias al inolvidable Miquel Porter-Moix, que llevaba tiempo entrevistándose con él para documentar precisamente nuestra particular historia del cine. Conocer a Gasset fue al principio emocionante y poco después indispensable, él había sido reportero y montador. Incluso había trabajado en Hollywood para Cecil B. De Mille, conoció a Rodolfo Valentino, y no sé cuántas maravillas más.

Este encuentro me llevó a replantearme el documental de una forma totalmente distinta. Woody Allen me dio la solución: si no existía material para hacer un documental, nos lo inventaríamos, del mismo modo que él se inventó, con absoluta verosimilitud, todas las imágenes documentales de "Zelig". Con el asesoramiento de Gasset y el rigor de Tomás Pladevall, mi director de fotografía, nos pusimos manos a la obra para hacer un documental sobre Antoni Gaudí, utilizando todas las imágenes que quisiéramos puesto que nosotros mismos las íbamos a rodar. Nada más fácil, nada más difícil.

A diferencia del personaje de la película de Allen, Gaudí era real y nuestro margen de invención, como es lógico, estaba limitado. No podíamos mostrar nada que no hubiera podido ser filmado por cámaras y reporteros de la época, de manera que su lado biográfico, su infancia y juventud, su época estudiantil o sus aventuras amorosas (por llamarlo de alguna manera) no podían existir, entre otras razones porque ni siquiera se había inventado el cine. De ahí que inventásemos la existencia de una producción biográfica rodada justo después de su muerte ("desgraciadamente inacabada") que nos permitiese explicar y mostrar episodios más personales y dramáticos. Así, a base de retazos documentales de aquí y de allí, rescatados de cinematecas ficticias y de lo que quedaba de aquella película, pudimos reconstruir la vida y tiempos de nuestro personaje con cierta credibilidad.

Además de rodar con diferentes cámaras y emulsiones para justificar los diversos orígenes de los materiales encontrados, sometimos el positivo y el negativo a un severo proceso de envejecimiento a fin de añadir ralladuras, rompeduras y saltos de cuadro. Una de las técnicas que resultó más eficaz consistió en dejar los rollos de película a la intemperie durante varios días, permitiendo que Mishima (mi gato) jugase libremente con el metraje tirado por el suelo.

Gaudí decía que "la originalidad es el retorno a los orígenes" y, en cierto modo, nuestra originalidad consistió en mostrarlo desde su propia época, en su propia salsa. Sólo así me pude ver con ánimos de acercarme a la insulsa vida del genial arquitecto, pero sólo así también se podía entender a un personaje tan conservador, casi un religious freak, que prohibía a las mujeres sin velo entrar en el templo de la Sagrada Familia.

Esta película supuso para mí todo un aprendizaje del lenguaje y de las técnicas de nuestros pioneros, de paso que rescataba de una sombra injusta el recuerdo visual de su protagonista: quizás dentro de cien o doscientos años, cuando nadie de nosotros estemos ya por aquí, estas imágenes pasen por auténticas. Una pequeña venganza.



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