1978 | 30 min, S-8mm
por Albert Ullibarri | 11 mayo 1979
Chico conoce chica (o viceversa) y previsiblemente se enamoran para seguir los cánones de la convención más estricta. El argumento no tiene salvación; en realidad el argumento ni siquiera se molesta en existir, porque la película que estamos contemplando no se dirige a nosotros sino a nuestros sentidos. En cierto modo, algún día, los ojos y las orejas agradecerán esta diferencia. De momento deben conformarse con ésta excepción mientras esperan tiempos mejores. Los sentidos son olvidados con demasiada frecuencia cuando se trata de hacer una película y nosotros mismos nos acostumbramos a hacer lo mismo cuando asumimos el papel de espectadores. ¿Por qué este menosprecio hacia nuestras vías principales de percepción? Es posible que no nos importen los medios y sólo deseamos saber el fin: el chico se casa con la chica, o se asesinan mutuamente, el mensaje, the end. Funcionamos de una manera pre-establecida que admite pocas variaciones y nos cuesta salir del camino asfaltado.
Pero de vez en cuando, muy de vez en cuando, llega un regalo. En este caso se titula "Brutal Ardour" y no llega con ningún ánimo reivindicativo como podría desprenderse del párrafo anterior. Es simplemente una cuestión de sensibilidad, la de Manuel Huerga, para ser más exactos. El proceso de creación se vuelve excitante por momentos. En principio se ha partido, como siempre, de unas imágenes. Ésta vez proceden de una estética prerrafaelista evitando caer en el cromo de una forma tan milagrosa como lograda. El autor, fascinado desde el principio por su modelo estético, se va dejando fascinar más y más por sus propias imágenes hasta llegar a la pulverización de la historia (y la utilización de este verbo no es casual porque también se adecua a la textura de la fotografía). El proceso prosigue entonces un camino de deconstrucción, ampliación y repetición siempre al servicio del ojo. Así se articula la melodía dorada, como si toda la pantalla estuviese cubierta de un polvo de oro que da la unidad visual de la película, alterada ligeramente por algún resplandor azul. El humo desfigura los rostros, la lentitud deshace el movimiento, para que cada instante se vuelva preciso y único. Todo se desvanece y engaña, pero el mundo melancólico y enfermizo permanece visible. Y de vez en cuando, un fundido a negro; la visión existe a partir de la oscuridad.
Y al mismo tiempo está la banda sonora que, aunque sea el motor del film, recorre un camino independiente y paralelo no supeditado a la imagen. La combinación del sonido y de la imagen crea una interrelación compleja y aleatoria que no es posible percibir en un solo visionado. Pero éste es, precisamente, uno de los méritos de "Brutal Ardour" que, como las buenas canciones, necesita infinitas audiciones para ser comprendidas, y aun así cada vez ofrecen nuevas posibilidades.
Se acaba el sueño y la magia. Al final de la película, un ojo mira tu ojo, y a través de la pantalla se reconocen hermanos en el placer interminable de mirar.
por Dominique Noguez en "Le cinéma experimental en Europe" Art Press, spécial 11ème Biennale de Paris | 1980
Les oeuvres les plus exemplaires sont celles qui, sans méconnaître ce qui se fait de plus avance ailleurs, vont plus loin par l’effet de leur propre allant ou d’une rigueur supplémentaire: Tels les grands films de Werner Nekes ou de Bastian Cleve, en Allemagne; tel "Brutal Ardour" (1979) du jeune catalan Manuel Huerga, qui fait subir à son image un traitement (refilmage et dilatation du temps) voisin de celui d’un Ken Jacobs dans "Tom, Tom, The Piper’s Son" (1969) ou de celui que le musicien Brian Eno réserve au "Canon" de Pachelbell, mais glisse dans les mailles de cet apparent film formel le plein sidérant d’un récit de passion mortelle...