Como no soy periodista, ni tampoco intelectual declarado o escritor, no entraré en la polémica surgida estos días sobre la forma más adecuada de envolver el cadáver de un amigo. Si he de ser sincero, incluso mentiría si dijera que Francisco Casavella y yo éramos grandes amigos porque hacía mucho tiempo que no le veía, y aunque mi admiración y respeto crecían con el paso de los años, siempre he tenido la impresión que de haber seguido en contacto tampoco le habría conocido mucho más. Para simplificar, digamos que su vida y la mía no eran demasiado compatibles. Su prematura desaparición a los 45 años, acentuada por esa cara que tenía de eterno adolescente, hacen que su ausencia me resulte más extraña de sobrellevar porque a pesar de todo, en el fondo siempre había contado con un reencuentro que ahora ya no tendrá nunca lugar. Me quedan sus libros, claro, pero en mi memoria también reposa la huella intensa y azarosa de los tiempos en que escribió el guión de "Antártida".
Oficialmente nuestras vidas se cruzaron en la primera mitad de los noventa. Digo oficialmente, porque confieso que tardé un tiempo en asociar a Francisco Casavella con Francisco García Hortelano, el joven crítico que había tenido una fugaz aparición en la tercera entrega de "Arsenal", y que en aquella ocasión dedicábamos en foma de revival a la música que amábamos y con la que unos cuantos habíamos aprendido las cosas que realmente importan en esta vida.
A finales de 1992, Andrés Vicente Gómez me ofreció la posibilidad de dirigir mi primera película. Cualquiera se habría hecho calderilla con un regalito así, pero a mí me cogió desprevenido y sobretodo exhausto porque acababa de pasar casi tres años en trance, abducido por las Ceremonias Olímpicas de Barcelona. Me llevó bastante tiempo centrarme y encontrar un proyecto suficientemente atractivo como para sumergirme de nuevo durante un largo período, y más aún tratándose de mi primera película. Si algo me importaba en este mundo era precisamente el cine y no quería estrenarme dando un traspiés.
Tal vez como acto de redención, me puse a buscar una historia que transcurriera en aquella Barcelona lumpen, bohemia y canalla que las Olimpiadas se habían empeñado en borrar del mapa para maquillarla y volverla a situar como esa cosa fashion total que es ahora. Pensaba en Marsé, pero sus desafortunadas adaptaciones a la pantalla me inhibían por miedo a caer en otro fiasco, como si estuviera gafado. También estaba Vázquez-Montalbán, aunque yo buscaba menos intriga y más acción. Por eso, también consideraba perseguir la estela de José Antonio de la Loma con una película trepidante entre los bajos fondos, a lo Scorsese o, ¿por qué no?, una historia al límite como las de Eloy de la Iglesia. Todo eso pasaba por mi cabeza cuando por fin encontré la historia perfecta.
"El Triunfo" me llegó de la mano de un personaje de la industria textil que presumía de tener mucha pasta y cuyo pasatiempo favorito era frecuentar la noche barcelonesa rodeado de todo aquél que estuviera de moda, jóvenes promesas y artistas en general, a quienes adulaba hasta decir basta y financiaba con no menos moderación las copas y lo que hiciera falta hasta el amanecer. No seré yo quien censure tan altruista actitud, pero los hechos que siguieron me hicieron perder la inocencia por enésima vez en esta vida.
Efectivamente, aquél tipo no era un primo y sabía perfectamente que tenía un triunfo en sus manos. Con el tiempo he entendido que cuando me dio a leer la primera novela de Francisco Casavella ya sabía que me volvería como loco y por este motivo había tomado la precaución de irse apoderando de sus derechos a base del astuto mecenazgo de la barra libre. Cuando Andrés Vicente Gómez y Pepo Sol, productor asociado para la ocasión, se sentaron a negociar se les quedó la cara a cuadros tras escuchar sus demenciales exigencias. No sólo pidió una cantidad astronómica, digna de "La Guerra de las Galaxias", sino que pretendía imponer a una de sus hijas en uno de los principales papeles. Ante tamaño desencuentro no tuve más remedio que renunciar a "El Triunfo", pero no así de Casavella con quien yo ya había empezado a hacer buenas migas. En este punto, le doy la palabra:
«Desde el día en que me pegué un golpe en la cabeza y se me ocurrió un esbozo de lo que iba a ser la historia de esta película han pasado cinco años. Dos yonquis roban por equivocación el cargamento de heroína de unos traficantes y, por una sucesión de azares, acaban en un lugar muy parecido al paraíso, pero muy parecido también a la muerte […] Y, en esas, cuando la historia de mis dos yonquis dormía en el pacífico limbo donde suelen acabar los relatos que uno sólo se ha contado a sí mismo, apareció Manuel Huerga. Manuel Huerga había querido llevar al cine mi primera novela y, por una cuestión de derechos, no hubo manera: yo se los había vendido a un individuo, mitad "chico de la moto", mitad Espartaco Santoni, que quería retirarse definitivamente con los beneficios de una transacción que sólo él entendía. Cuando recibí la llamada de Manuel, yo estaba hasta el gorro de toda la galería de personajes y personajoides que sólo hablaban de lo muy pronto que iríamos todos a Hollywood y de lo mucho que nos reiríamos, pero nunca de la historia que había que contar: estafermos, suripantas y yuppies cocainizados y cainizados con los que había tenido que tratar y habían ayudado a asentar firmemente mi decisión de entregarme hasta el día del tránsito definitivo al cultivo de la octava real. Pero los programas y documentales que había hecho Huerga me gustaban, a los dos minutos de hablar con él aún no me había invitado a una raya de cocaína ni me había contado con cuantas tías se había acostado (algo ciertamente inusual), le gustaban los mismos libros y las mismas películas que a mí y, felicidad de las felicidades, quería hacer un argumento original. Me descubrió algo que mis experiencias anteriores habían logrado que me pareciera utópico: en el mundo del cine hay gente que quiere hacer películas y, lo más importante, hay alguien que quiere hacerlas sin utilizarte como mero pretexto, como puente de tabla para su gloria personal. Las octavas reales fueron arrojadas a un cajón. Manuel –le dije-. Se me acaba de ocurrir una idea estupenda. ¿Qué te parece la idea de dos yonquis que por error y bla, bla, bla...? La idea le gustaba y, con su atenta supervisión, me puse manos a la obra.» (1)

Y así fue. Durante año y medio, Francisco y yo nos vimos con semanal frecuencia para comentar las páginas que iba escribiendo y las nuevas ideas que aparecían sobre la marcha. Dichos encuentros tenían lugar invariablemente en mi casa y por las tardes, aunque a veces ya empezaban a la hora de comer. Nunca estuve en su casa ni tampoco conocí a su familia, o personas de su entorno personal e íntimo. Tampoco alargábamos nuestras sesiones de trabajo saliendo a cenar, aunque algunas veces coincidíamos por casualidad en alguna movida nocturna. En mi casa no hablábamos exclusivamente sobre la evolución del guión. En ocasiones nos poníamos películas para analizar referentes y ejemplos o estudiar estructuras narrativas. Pero en otras, la música se apoderaba de la velada e inevitablemente nuestra sesión de trabajo se relajaba. Recuerdo que era entonces cuando realmente parecíamos dos amigos pasando la tarde. La música nos unía más que cualquier otra cosa y eso nos permitió encontrar relativamente pronto lo que queríamos para la banda sonora de nuestra película. John Cale y su "Antarctica Starts Here" no tardaron en convertirse en nuestra metáfora y en nuestro título. Pero si uno quería presenciar en directo una auténtica transformación de Francisco sólo tenía que poner el disco de la BSO de "Carlito’s Way" y pinchar "El Watusi" de Ray Barreto. (2)
Francisco era muy serio y disciplinado. Aunque a veces me costaba seguirle en sus atropelladas verborreas, asaltadas continuamente por ocurrencias que él mismo se apresuraba a reír pícaramente tras una imposible dentadura que años más tarde corrigió, mantenía, digo, un discurso atractivo y coherente. Y se comprometió con el guión hasta el último momento. Tanto es así que, cuando ya estábamos en pleno rodaje, allí en Portugal, me di cuenta que nos habíamos equivocado con el final. En la versión escrita escatimábamos a los espectadores la catarsis de la historia: perseguidores y perseguidos nunca se encontraban. Pero a dos días de rodar el desenlace y viendo lo bien que funcionaba la química entre todos los personajes me parecía literalmente una estafa no acabar la película sin una secuencia de alto voltaje. Desperté a Francisco por la mañana, y tras una larga charla se puso las pilas, vino a Lisboa a conocer aquella localización digna de un western donde debía trascurrir la escena, se encerró en la habitación del hotel y al día siguiente ya teníamos un nuevo y magnífico final.
Pero cuando todavía no habíamos siquiera empezado el rodaje de "Antártida", Francisco ya estaba escribiendo una nueva historia que me consta que también soñaba con verla en la pantalla. Quizás porque yo estaba en capilla y no le pude dedicar la suficiente atención, la historia de "Un enano español se suicida en Las Vegas" pasó por delante de mí sin pena ni gloria, esperando un momento más oportuno y que llegaría más tarde de la mano de Antonio Chavarrías bajo el título de "Volverás".
Con la perspectiva del tiempo creo que "Antártida" pudo haber sido mejor película y en todo caso siempre he asumido la responsabilidad porque no puedo negar que tuve un buen guionista y un magnífico equipo con el que pude hacer todo lo que quería hacer. Tal vez, esa tibieza de resultados es la razón por la que tardé en obtener de nuevo la confianza de un productor hasta que Jaume Roures me ofreció "Salvador". Pero siempre me quedará la espina de no haber podido rodar "El Triunfo" y la certeza de que allí había una grandísima película, como bien sabía aquél codicioso personaje que en su papel de jocker repartió las cartas de nuestros destinos con la misma frivolidad con la que vivía sus noches barcelonesas.
Testimonio de adhesión de Francisco Casavella para el proyecto de BTV (Barcelona Televisió), en 1997.
(1) Antártida, guión y storyboard. Glenat Editores.
(2) Caballero hay acaba de entrar Watusi
Ese mulato que mide siete pies y pesa 169 libras
Y cuando ese mulato llega al lugar todo el mundo dice...
A correr que ya llego Watusi
El hombre mas guapo de La Habana
Watusi, Watusi. Que quieres
Oye a mi me dicen que tu eres guapo.
A todos me tienen miedo.
No me digas que a ti te tienen miedo
Por que yo se que yo me fajo con cualquiera.
Más grande que yo no hay ninguno
Ah, ja ja Vamos fajando
Cuando quieras nos fajamos Watusi
Ah, nos bebemos la sangre amigo aquí ahora mismo
Que es lo que pasa nada
Tu sabes que yo no te tengo miedo a ti. Todo el mundo aquí te tiene miedo
en La Habana caballero pero yo no me importa que tu tengas siete pies.
Que es lo que pasa Watusi
Que es lo que pasa Watusi
Dime
Contigo no por que de los guapos yo me rio ja ja ja ja como que me río en la cara
Watusi a correr
Bien
Nos fajamos nos fajamos
Ja ja ja ja
A correr caballero ya llego Watusi
Bueno por fin que tu vas a fajar con Watusi
No me digas Watusi
Caballero nadie se va a fajar con Watusi
A a a a a a a a
Por que le tienes miedo al Watusi
Siete pies grande y feo a correr todo el mundo
Noooooo nooooooo le tenga miedo al Watusi muchacho
El que no huye corre
No no que va cuando Watusi llega y dice yo soy guapo usted enseguida
saca cien machetes y dice bueno que es lo que pasa a mi se que yo no
como ese cuento y se aplaca por que Watusi se va y por que
Bla bla bla bla bla bla bla bla bla
Lou Reed ha visitado Barcelona y, como no podía ser de otro modo, mi amigo Ignacio Julià ha estado compartiendo goodtimes con él y con John Giorno, creo que por la Barceloneta.
Si queréis saber más no seré yo quien le robe la crónica a Ignacio en su "Ruta66" o dónde sea. Pero de ese encuentro, Ignacio me ha puesto sobreaviso de un DVD que va a salir en enero y que al parecer supone una primera edición oficial de obras cinematográficas de Andy Warhol.
La primera entrega se titula "13 Most Beautiful... Songs for Andy Warhol’s Screen Tests" y se trata de aquellos screen tests, o sea planos secuencia sin sonido, que Warhol rodaba de los rostros que pululaban en su Factory y que venían a ser una suerte de Hollywood underground neoyorkino. En estas imágenes podemos ver unos jovencísimos Paul America, Susan Bottomly, Ann Buchanan, Freddy Herko, Jane Holzer, Dennis Hopper, Billy Name, Nico, Richard Rheem, Lou Reed, Edie Sedgwick, Ingrid Superstar y Mary Woronov. Por si no fuese suficientemente atractivo como documento se han encargado de poner música a estos planos, originariamente mudos, nada menos que Dean Wareham y Britta Phillips del grupo Luna. Todo un lujo.
Y éste es el trailer:
Mi amigo Benet Román es el autor de éste vídeo que ha ilustrado con gran elegancia el acto de homenaje a Stanley Kubrick en el 40 Aniversario de "2001: A Space Odyssey" ante la presencia de su viuda Christianne y de sus más próximos colaboradores.
Todas se llaman Elna. Salvo alguna excepción, sus padres les pusieron ese nombre tras leer el libro "La Maternidad de Elna: Cuna de los exiliados", de Assumpta Montellà, libro que sirve de base para la próxima película que voy a tener el honor de dirigir.
(vídeo publicado en mi blog de "Las Madres De Elna")
El encuentro tuvo lugar el pasado 8 de junio en el Parc la Ciutadella de Barcelona con el objeto de hacerse una foto para regalársela a Elisabeth Eidenbenz en su 95 aniversario. Cuando Elisabeth tenía 25 llevó a cabo una gesta de incalculable valor humanitario montando una Maternidad en el pequeño pueblo francés de Elna, cerca de los campos y playas en los que fueron abandonados a su suerte más medio millón de exiliados españoles al finalizar la Guerra Civil. Gracias a esa iniciativa, Elisabeth pudo ayudar a traer al mundo en condiciones dignas cerca de 600 niños y niñas que de otro modo hubiesen encontrado una muerte segura.
Desde aquí, el equipo de la película deseamos a Elisabeth un feliz aniversario, y nuestro más infinito agradecimiento por la labor realizada en los momentos más duros de nuestra reciente historia.
Estaba esperando con impaciencia la aparición del libro "El fenòmen Springsteen: Parlen els fans catalans" (Ara Llibres), ni más ni menos que como lo que soy, uno más de esos fans catalanes abducidos por el fenómeno de New Jersey, en mi caso desde hace ya casi 30 años. Y acabo de leerlo. Piel de gallina desde la primera hasta la última página. Se consume con la misma voracidad y atropello con la que escuchas por primera vez un nuevo disco o asistes a sus conciertos. No en vano está escrito por fans tan incondicionales como el más de un centenar de testimonios recogidos -entre los que me enorgullezco de estar- y a pesar de ello tiene la suficiente seriedad como para interesar a un público más amplio, siempre que éste sea capaz de quitarse de encima unos cuantos prejuicios.
El libro ejerce un innegable efecto diván entre los acólitos porque permite conocernos mejor individual y colectivamente. Asume sin tapujos el frikismo demostrando que ser fan en algunos casos no es sinónimo de imbecilidad, exhibiendo con orgullo pasión, inteligencia y emoción, los excesos, la ternura, el humor o la autocrítica a partes iguales. Un libro que habla de cine y de literatura, pero también de padres y de hijos, de valores, de ética y compromiso, de amor y dolor y sobretodo, de rock and roll.
Y luego está ese tema del romance con Barcelona que se aborda sin chauvinismos. Los fans, que por fortuna no estamos cortados por el mismo molde, discrepamos razonablemente para acabar viendo la cosa como lo del vaso medio lleno o medio vacío. Como debe ser.
Sólo dos cosas ensombrecen un poco el placer casi extático que me ha producido su lectura. Por un lado la llamativa ausencia de algunos conocidos fans catalanes que me consta que no han faltado por despiste de los autores. Y por el otro, más ajeno al propio libro, el hecho de que por haber sido escrito en catalán haya provocado la consabida pataleta de los mismos a los que nunca se les ocurriría exigir a Bruce Springsteen que cantase en castellano.

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